Hay viajes que se hacen de ciudad en ciudad y otros que se hacen siguiendo el agua. La costa este de Canadá pertenece a los segundos.
Aquí todo gira alrededor del río San Lorenzo. El río que pasa por Montreal con acento francés, que se estrecha bajo las murallas de Québec, que recibe al río Ottawa a las puertas de la capital y que nace en el lago Ontario, a los pies de los rascacielos de Toronto. Incluso el agua que se precipita por las cataratas del Niágara termina, tarde o temprano, en su cauce.
Por el camino, el país cambia de idioma, de ritmo y de paisaje. Un «bonjour» en las calles empedradas del Vieux-Québec y un «hello» entre los rascacielos de Toronto. Bagels y poutine en Montreal, peameal bacon en Toronto. Y, si viajas en otoño, bosques que se tiñen de rojo y oro en cuanto sales de la ciudad.
Este no pretende ser el relato de un viaje concreto ni una lista interminable de monumentos. Es mi costa este de Canadá, organizada en cinco paradas: Montreal, Québec, Ottawa, Toronto y, para terminar, las cataratas del Niágara. Cinco ideas para que puedas usarlas como base y construir tu propio plan de viaje.
Porque en la costa este de Canadá, todo termina en el San Lorenzo.
Ponte calzado cómodo y lleva una chaqueta a mano. ¡Bienvenue!
Mi ruta por la costa este:
El otoño tiñe de rojo y oro los bosques de los Laurentides.
Montreal
Empiezo el viaje en Montreal, la puerta de entrada ideal si vuelas desde España, con vuelo directo desde Madrid. Una ciudad que se disfruta caminando: empedrado y fachadas de piedra en el Viejo Montreal, rascacielos en Downtown, naturaleza en pleno centro en el Mont-Royal y ambiente de barrio en el Plateau. Cuatro rutas para entender por qué muchos la llaman la más europea de Norteamérica.
VIEUX-MONTRÉAL Y VIEUX-PORT: DONDE EMPEZÓ TODO
Montreal nació aquí, a orillas del San Lorenzo, y se nota en cada calle.
Empecé por la Basílica Notre-Dame, y conviene entrar sin expectativas: su interior azul y dorado es de los más espectaculares de Norteamérica. Es uno de esos lugares donde, nada más cruzar la puerta, el móvil sale solo del bolsillo.
Desde allí me dejé llevar por la Rue Saint-Paul, una de las calles más antiguas de la ciudad, entre galerías, tiendas y fachadas de piedra. La Place Jacques-Cartier, con sus terrazas y artistas callejeros, sube hasta el Ayuntamiento y baja hacia el puerto viejo.
No te pierdas la pequeña Rue Saint-Amable, el callejón de los pintores, ni el Mercado Bonsecours y su cúpula plateada. Y para terminar, la noria del puerto: una de las mejores vistas del skyline con el río a tus pies.
Parada café: Le Petit Dep, un café-colmado con encanto junto a la Basílica, ideal para empezar el día.
DOWNTOWN: IGLESIAS ENTRE RASCACIELOS
El centro moderno de Montreal juega a los contrastes. Plazas victorianas, la vida universitaria de McGill y templos que aparecen, de repente, entre torres de cristal.
La Catedral Marie-Reine-du-Monde es una réplica a escala de San Pedro del Vaticano. Sí, en pleno Downtown. Muy cerca, la Basílica de San Patricio guarda uno de los interiores góticos más bonitos de la ciudad.
Terminé en la Rue Sainte-Catherine, la gran arteria comercial. Y un detalle curioso: bajo tus pies se extiende la ciudad subterránea, kilómetros de galerías que conectan tiendas, metro y edificios para escapar del frío en invierno.
En Montreal, la ciudad también se vive bajo tierra.
MONT-ROYAL: LA MONTAÑA QUE DA NOMBRE A LA CIUDAD
Después de visitar el Museo de Bellas Artes, tocaba subir.
El Mont-Royal es el gran pulmón verde de Montreal, diseñado por el mismo paisajista que Central Park. Subí a pie por el Chemin Mont-Royal, entre árboles y senderos, hasta llegar al mirador Kondiaronk.
Y ahí está la postal de Montreal: Downtown a tus pies y el San Lorenzo al fondo. Merece cada escalón.
Bajé por la otra vertiente hasta el monumento a George-Étienne Cartier, que los domingos de verano se llena de tambores, música y picnics.
PLATEAU MONT-ROYAL: ESCALERAS, MURALES Y POUTINE
Si el Viejo Montreal es la historia, el Plateau es el día a día.
Casas con escaleras exteriores de hierro, murales enormes en las fachadas y cafeterías en cada esquina. Es el barrio más bohemio de la ciudad y también el más sabroso.
Aquí está lo mejor de la gastronomía popular: el smoked meat de Schwartz's Deli, toda una institución; el auténtico poutine de La Banquise, abierta las 24 horas; y los bagels de St-Viateur, más finos y dulces que los de Nueva York, cocidos en horno de leña.
De vuelta hacia el centro pasé por el Quartier des Spectacles y el pequeño Chinatown, perfecto para cerrar el día con un plato de fideos.
Porque en Montreal se camina mucho. Y eso hay que compensarlo.
Del puerto viejo al Plateau, pasando por catedrales, montañas y bagels recién hechos.
EL MAPA DEL VIAJE
Catedral Marie-Reine-du-Monde, Montreal.
Québec
Québec es la única ciudad amurallada al norte de México y su casco histórico es Patrimonio de la Humanidad. Pasear por sus calles es lo más parecido a viajar a Europa sin salir de Canadá. Es compacta y se recorre perfectamente en un día, aunque merece la pena dormir allí para verla iluminada. Mi ruta empieza en la parte alta, junto a los campos de batalla, y termina a orillas del San Lorenzo.
LLANURAS DE ABRAHAM: DONDE SE DECIDIÓ CANADÁ
Hoy son un gran parque donde la gente corre, pasea al perro o se tumba al sol. Pero las Llanuras de Abraham fueron escenario de la batalla entre franceses y británicos que decidió el futuro del país.
Desde allí, la Grande Allée, la calle de las terrazas, me llevó hasta el Parlamento de Québec y la Fontaine de Tourny, una fuente regalada por la ciudad de Burdeos.
Crucé la muralla y subí a la Ciudadela, la fortaleza en forma de estrella que vigila la ciudad desde lo alto. Y que, por cierto, sigue siendo una base militar en activo.
CHÂTEAU FRONTENAC: EL HOTEL MÁS FOTOGRAFIADO DEL MUNDO
La Terrasse Dufferin es el gran balcón de Québec sobre el río. Y a su lado, el gran protagonista: el Château Frontenac, con sus torres y tejados verdes, un castillo de cuento convertido en hotel.
Muy cerca están la Basílica-Catedral de Notre-Dame, la primera parroquia de Norteamérica, y la Rue du Trésor, un callejón donde los artistas locales exponen y venden sus obras.
Aquí mi consejo es sencillo: vuelve al atardecer. Con las luces encendidas y el río cambiando de color, la terraza gana algo especial.
PETIT-CHAMPLAIN: BAJANDO LA ESCALERA ROMPECUELLOS
Para bajar a la parte baja tomé la Escalier Casse-Cou, la escalera «rompecuellos», la más antigua de la ciudad. El nombre ya avisa.
Abajo espera el Petit-Champlain, uno de los barrios comerciales más antiguos de Norteamérica, con sus tiendas, sus casas de piedra y, en verano, la calle de los paraguas de colores sobre las cabezas.
Muy cerca, la Place Royale marca el lugar donde Champlain fundó la ciudad. Y los dos grandes murales, la Fresque du Petit-Champlain y la Fresque des Québécois, cuentan su historia en trampantojo. Hay que mirarlos dos veces para saber dónde termina la pared.
Parada café: Café La Maison Smith Notre-Dame, en plena Place Royale, con vistas a la iglesia de Notre-Dame-des-Victoires.
CHUTE MONTMORENCY: MÁS ALTA QUE EL NIÁGARA
A unos 15 minutos del centro espera una sorpresa que poca gente conoce: la Chute Montmorency. Una cascada unos 30 metros más alta que las del Niágara, con pasarelas, un puente colgante sobre el salto y escaleras para verla desde todos los ángulos.
Más estrecha, sí. Pero igual de impresionante.
De los campos de batalla al río, pasando por murallas, castillos y escaleras rompecuellos.
EL MAPA DEL VIAJE
El Château Frontenac domina el Vieux-Québec sobre el río San Lorenzo.
Ottawa
Ottawa es la gran desconocida de la ruta y, para mí, fue una agradable sorpresa. La capital federal se asienta sobre el río Ottawa, que la separa de Gatineau, ya en la provincia de Québec: cruzas un puente y cambias de provincia y de idioma. Tranquila, verde y muy paseable, la recorrí en tres rutas.
PARLIAMENT HILL: LA COLINA DEL PODER
Empecé frente a la Corte Suprema y subí hasta el gran símbolo de la ciudad: el Parlamento de Canadá, con sus torres neogóticas dominando la colina sobre el río. Frente a él arde la Llama del Centenario, rodeada de los escudos de las provincias.
Junto al National War Memorial empiezan las esclusas del Canal Rideau, Patrimonio de la Humanidad. En invierno, el canal se congela y se convierte en una enorme pista de patinaje que los vecinos usan para ir a trabajar.
Sí, patinando.
Al lado, el Château Laurier y el Major's Hill Park dan paso al ByWard Market, el barrio con más vida de la ciudad. Y allí, el cartel de Ottawa esperando su foto.
Si te sobra tiempo, el Museo Canadiense de la Naturaleza ocupa un edificio con aire de castillo, y muy cerca está el Ottawa Curling Club para descubrir el deporte más canadiense después del hockey.
DE ONTARIO A QUÉBEC: CRUZAR UN PUENTE, CAMBIAR DE PROVINCIA
Una ruta para entender la ciudad desde sus dos orillas.
Desde el Confederation Park, junto al canal, subí hasta la Basílica-Catedral de Notre-Dame y los miradores de Major's Hill Park y Kìwekì Point. Desde aquí está la mejor vista del Parlamento sobre el río.
Y entonces, el gesto más curioso del día: cruzar a pie el Alexandra Bridge. Al otro lado ya estás en Gatineau, en la provincia de Québec, y los carteles vuelven a estar en francés.
Allí me esperaba el Museo Canadiense de la Historia, imprescindible tanto por su gran sala de tótems como por su arquitectura curva, inspirada en el paisaje canadiense.
DE GATINEAU AL GOLDEN TRIANGLE: VUELTA A ONTARIO
Desde el museo, el Sentier des Voyageurs bordea el río hasta el Portage Bridge, por el que volví a Ontario.
Ya en el lado de Ottawa, el camino pasa por el Monumento Nacional del Holocausto y el memorial a las víctimas del comunismo. Después, la Christ Church Cathedral y Sparks Street, la calle peatonal del centro, hasta llegar a Elgin Street, en el barrio del Golden Triangle.
Parada para cenar: Pi Co. Pizza Bar, pizza al momento a tu gusto, perfecta para cerrar el día.
Del Parlamento al museo de los tótems, cruzando de una provincia a otra a pie.
EL MAPA DEL VIAJE
El cartel de Ottawa, parada obligada para la foto en el ByWard Market.
Toronto
Toronto es la ciudad más grande de Canadá y la más cosmopolita: más de la mitad de sus habitantes ha nacido fuera del país, y se nota en cada barrio. Rascacielos, mercados, murales y un lago que parece un mar. La recorrí en cuatro rutas a pie y te dejo una lista de imprescindibles fuera del centro.
DEL OLD TOWN AL DOWNTOWN: DE LA FUENTE DE LOS PERROS AL TIMES SQUARE CANADIENSE
Empecé en el Berczy Park, donde una fuente llena de perros de hierro mira fijamente un hueso dorado. Imposible no sonreír.
Enfrente, el Edificio Gooderham, el «Flatiron» de Toronto. Desde allí subí hacia uno de los contrastes más bonitos de la ciudad: el viejo Ayuntamiento, de piedra rojiza, frente al nuevo, con sus dos torres curvas abrazando la Plaza Nathan Phillips y su famoso cartel de Toronto.
Terminé en el Eaton Centre y la Plaza Yonge-Dundas, el Times Square canadiense, entre pantallas, música y gente.
DE QUEEN STREET AL WATERFRONT: LA CIUDAD QUE MIRA AL LAGO
Una ruta para conocer la cara más moderna de Toronto y su relación con el lago Ontario.
Desde The Well, el nuevo complejo de tiendas y restaurantes, bajé hasta el Toronto Music Garden, un jardín diseñado a partir de una suite para violonchelo de Bach. Cada zona del jardín es un movimiento de la pieza.
Seguí por el paseo del lago entre parques y playas urbanas, pasando por el Scotiabank Arena y su paseo de leyendas del hockey, hasta el Roundhouse Park, la antigua rotonda de locomotoras.
CN TOWER: TORONTO A TUS PIES
Es imposible perderla de vista. La CN Tower, de 553 metros, aparece entre los edificios desde cualquier rincón de la ciudad.
Su mirador está a 346 metros, con el famoso suelo de cristal que pone a prueba hasta al más valiente, y el SkyPod a 447. Desde arriba, Toronto se extiende hasta el horizonte y el lago Ontario parece no tener fin.
A sus pies están el Acuario Ripley y el Rogers Centre, el estadio de los Blue Jays. Desde allí subí hacia el norte por el Graffiti Alley, un callejón cubierto de arte urbano de punta a punta, hasta Chinatown y el Kensington Market, el barrio más alternativo de la ciudad, con tiendas vintage y comida de todo el mundo.
ST. LAWRENCE MARKET Y DISTILLERY DISTRICT: PARA IR CON HAMBRE
El St. Lawrence Market es uno de los mejores mercados para comer de Norteamérica. Y aquí hay una misión clara: el sándwich de peameal bacon, el bacon canadiense rebozado en harina de maíz.
Tras pasar por la Catedral de St. James, continué hacia el este hasta el Distillery District, una antigua destilería victoriana de ladrillo rojo convertida en barrio peatonal de galerías, cafeterías y cervecerías.
Ladrillo, calles empedradas y ni un coche. Otra Toronto.
LO MEJOR DE TORONTO FUERA DE LAS RUTAS
Si tienes más tiempo, estos son los imprescindibles que completan la visita: el Fuerte York, donde nació la ciudad; las Islas de Toronto, con la mejor vista del skyline (se llega en ferry en pocos minutos); Casa Loma, un castillo de cuento en plena ciudad; el Museo Real de Ontario; High Park y The Beaches para desconectar; y, por la noche, jazz en directo en The Rex.
Del Old Town al lago, pasando por murales, mercados y 553 metros de torre.
EL MAPA DEL VIAJE
Toronto a vista de pájaro desde el mirador de la CN Tower.
Cataratas del Niágara
No podía estar en Toronto y no acercarme a las cataratas del Niágara, a unos 130 kilómetros, alrededor de hora y media en coche. Se puede ir por libre o en una excursión organizada de un día. Y merece mucho la pena: el ruido del agua y la nube de vapor que se levanta impresionan mucho más en persona que en cualquier foto.
LA HERRADURA: DONDE CAE EL AGUA
Desde el lado canadiense tienes la mejor vista de las tres cascadas. Enfrente, en Estados Unidos, quedan las American Falls y la pequeña Bridal Veil. Y a tus pies, la gran Herradura (Horseshoe Falls), por donde cae la mayor parte del agua.
Recorrí a pie el paseo junto al río hasta el Table Rock Centre, al borde mismo de la Herradura. Desde allí se ven los barcos adentrándose en la nube de agua y, con un poco de suerte, el arcoíris que se forma sobre el río.
Aquí no hace falta que nadie pida silencio. El agua no deja oír nada más.
IMPRESCINDIBLES EN NIÁGARA
El barco de Niagara City Cruises, que te lleva hasta la base de la Herradura (prepárate para mojarte); los túneles de Journey Behind the Falls, para ver la cascada desde dentro; las vistas desde la Skylon Tower; y, si tienes tiempo, el pueblo de Niagara-on-the-Lake, rodeado de bodegas famosas por su vino de hielo.
Del paseo junto al río al borde de la Herradura, con el agua como banda sonora.
La Herradura del Niágara y la nube de vapor que levanta su caída.















EXPERIENCIAS
10 experiencias que hacen que Canadá sea Canadá
La costa este de Canadá no son solo ciudades, monumentos y lugares que marcar en un mapa. También son pequeños momentos, sabores y curiosidades que terminan convirtiéndose en lo mejor del viaje.
01 | Probar un poutine a cualquier hora
Patatas, queso en grano y salsa gravy. En La Banquise, a cualquier hora del día o de la noche.
02 | Ver Montreal desde el Mont-Royal
Downtown a tus pies y el San Lorenzo al fondo. La postal de la ciudad.
03 | Morder un bagel recién salido del horno de leña
Más fino, más dulce y más de Montreal que ningún otro.
04 | Bajar la Escalier Casse-Cou
Una escalera rompecuellos que te deja directamente en el Petit-Champlain.
05 | Ver el Château Frontenac al atardecer
Desde la Terrasse Dufferin, con el río cambiando de color.
06 | Cruzar de Ontario a Québec a pie
Un puente, otra provincia y otro idioma. En diez minutos.
07 | Pisar el suelo de cristal de la CN Tower
346 metros de vacío bajo tus pies. Y la foto, claro.
08 | Comer un peameal bacon en el St. Lawrence Market
El bocadillo más canadiense, en el mercado más sabroso de Toronto.
09 | Sentir la bruma de la Herradura del Niágara
El ruido, el vapor y el arcoíris. Mejor en persona.
10 | Perderse en los bosques de otoño
Rojos, naranjas y dorados en cuanto sales de la ciudad. Canadá en estado puro.
Diez experiencias. Diez formas de llevarse un poquito de Canadá en la maleta.
Canadá, un viaje que sigue al río
Cinco paradas después, he entrado en una basílica azul y dorada, he subido al Mont-Royal y me he perdido entre las escaleras y los murales del Plateau. He bajado la escalera rompecuellos de Québec, he cruzado a pie de una provincia a otra en Ottawa y he mirado Toronto desde 346 metros de altura. Y para terminar, he dejado que el ruido del Niágara lo llenara todo.
Pero la costa este de Canadá tiene algo curioso: cuanto más la recorres, más camino aparece. Siempre queda un barrio de Montreal sin caminar, un mirador de Québec por descubrir, un museo de Ottawa sin visitar o un bosque de otoño al que volver.
Quizá porque este viaje no se hace de ciudad en ciudad, sino siguiendo el agua. Del Niágara al lago Ontario, del lago al San Lorenzo, y del San Lorenzo al mar.
Y como pasa con los ríos, uno siempre quiere ver qué hay en la siguiente curva.
La costa este de Canadá no solo se recorre.
Se sigue.
Más Contenido
Sigue jugando en América
La costa este de Canadá puede ser un viaje por sí sola, pero también la excusa perfecta para seguir descubriendo América. Y muy cerca, al otro lado de la frontera, esperan dos ciudades que juegan en otra liga.
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Washington DC: el corazón de Estados Unidos
Presidentes, memoriales, espías y béisbol. Seis zonas para jugar una partida en la capital de Estados Unidos: de Arlington al Capitolio, de la Casa Blanca al río Potomac y de Union Market a Georgetown.

Nueva York nunca se acaba
En este post he reunido qué ver en Nueva York a partir de mis diferentes viajes a la ciudad, organizando lugares, rutas y experiencias para que puedas construir tu propia partida.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos días hacen falta para recorrer la costa este de Canadá?
Para ver Montreal, Québec, Ottawa y Toronto con calma recomiendo unos 10 días: 3 en Montreal, 2 en Québec, 2 en Ottawa y 3 en Toronto. Con una semana se puede hacer, pero a un ritmo más intenso.
¿Cómo moverse entre Montreal, Québec, Ottawa y Toronto?
La opción más cómoda es el tren de VIA Rail, que conecta los centros de las cuatro ciudades. Aproximadamente, Montreal–Québec son unas 3 horas, Montreal–Ottawa unas 2 y Ottawa–Toronto unas 4.
¿Qué documentación necesito para viajar a Canadá desde España?
Con pasaporte español no necesitas visado para hacer turismo, pero sí la autorización electrónica eTA si llegas en avión. Se tramita online en pocos minutos; hazlo solo en la web oficial del Gobierno de Canadá.
¿Se habla francés o inglés en la costa este de Canadá?
En Montreal y Québec el idioma principal es el francés, aunque en Montreal casi todo el mundo es bilingüe. En Ottawa y Toronto se habla inglés. Con cualquiera de los dos idiomas te manejarás sin problema.
¿Cuál es la mejor época para visitar la costa este de Canadá?
El verano es ideal para pasear y disfrutar de las terrazas, y el otoño regala los colores de los bosques. El invierno es muy frío, pero tiene su encanto con la nieve, el patinaje en el Canal Rideau y el Carnaval de Québec.
¿Qué comida típica hay que probar en la costa este de Canadá?
No te vayas sin probar el poutine, el smoked meat de Montreal, los bagels de St-Viateur, el sándwich de peameal bacon del St. Lawrence Market de Toronto y cualquier dulce con sirope de arce.
¿Se puede visitar las cataratas del Niágara en un día desde Toronto?
Sí. Las cataratas están a unos 130 km de Toronto, alrededor de hora y media en coche, así que se pueden ver en una excursión de un día, por libre o en un tour organizado. Lo ideal es llegar temprano para recorrer el paseo junto al río y subir al barco antes de las horas de más gente.
¿Hay que dejar propina en Canadá?
Sí. En restaurantes y bares la propina habitual va del 15 % al 20 % y se da por hecha. Ten en cuenta también que los precios suelen mostrarse sin impuestos, que se suman al pagar.



